Nunca una teoría tan aceptada por el consenso científico ha
sido tan inexacta en su denominación y en su formulación, una teoría que nos
habla del origen de las especies por “selección natural”. El concepto de
“selección natural” es confuso si no falaz; induce a pensar que el mecanismo de
evolución reside en un acto de selección, concepto sólo atribuible a un ser
consciente y que dicha teoría otorga al medio ambiente en el que se encuentran las poblaciones de
individuos que constituyen la materia viva. Pero pensemos en los hechos que
queremos explicar, la existencia de especies y la capacidad de persistencia de
la vida, hechos que se encuentran íntimamente relacionados. Lo que corresponde
es formular una teoría que explique cómo la vida tiene tal capacidad de
persistencia y para ello debemos proponer un mecanismo interno al sistema vivo responsable de dicha propiedad. Parece evidente que dicho mecanismo
reside en la capacidad de generar variabilidad fenotípica en forma de especies
y, en definitiva, en una tasa de variación genética que se encuentra altamente
restringida por las estructuras o soporte en el que se codifica la información,
así como por la manera cómo se copia dicha información, que también depende de
las propias estructuras moleculares copiadas. Son las características químicas
y físicas de las moléculas que constituyen el soporte de la información y la
maquinaria de copiado, así como de los sistemas enzimáticos de reparación, las
que determinarían el intervalo de tasa de “error” de copiado y de tasa de
mutación adecuado. De la naturaleza químico-física de estas estructuras
moleculares depende la labilidad de los enlaces que intervienen, la
modificación del grado de plegamiento o empaquetamiento del ADN en función del
momento celular, que dejará expuestas de forma diferencial determinadas zonas
de la cadena de ácido nucleico y, por lo tanto, bajo una diferente tasa de
variación. Vemos entonces como la restricción impuesta por la estructura de la
materia de la vida modula el azar de la variación por error en la copia y por
las mutaciones provocadas por los choques aleatorios con las moléculas del
entorno. En última instancia son las propiedades o constantes físicas de la
materia, en este caso de la materia orgánica de la vida, las que permiten la
modulación de la variabilidad genética que facilita que la variabilidad
fenotípica sea viable, es decir que genere poblaciones de individuos
persistentes a las que llamamos especies.
Una prueba palmaria la encontramos en las famosas Islas
Galápagos que inspiraron a Charles Darwin en su Teoría del Origen de las
Especies. Estas son unas islas volcánicas de reciente formación, que fueron
colonizadas por diferentes especies continentales, entre las que no se
encontraban grandes depredadores, lo que permitió que las que llegaron no estuvieran
sometidas a la mal llamada presión “selectiva”, mejor llamada ambiental. El
hecho constatado es que se ha podido verificar, de manera única y como si de un
laboratorio natural se tratara, la aparición de un gran número de especies nuevas,
por encima de lo esperado y con mayor rapidez, es decir que el mecanismo de
especiación no es la “presión ambiental” sino la “variación restringida” del
propio sistema vivo.




